Como la muchacha nunca había visto una cucaya, corrí tras una y se la traje. Quedó maravillada de aquel insecto, cuya enorme y suave luz no es intermitente.- ¡Los ojos le brillan como luces de automóvil! - dijo alborozada como una niña colocándose el animalito en la palma de la mano.
Cuando, con súbito arranque, la cucaya emprendió el vuelo y yo quise atraparla de nuevo, ella me lo impidió...
- ¡Déjela! Que vuelva libre y feliz y que siga adornando el monte.
Fragmento de: Carazamba (Virgilio Rodriguez Macal)
