Ayer me comí el día entero:
Comencé por el sol, un tanto soso,
Hasta que a eso de las doce
Derramé sobre su yema
El contenido del salero,
Luego pelé media mañana
Y la puse a remojo en aguacero,
Con el aceite de la lluvia
Freí dos nubes en el horizonte
Devoré con los ojos
A mi vecina de enfrente
Sin quitarle su envoltorio de bombón.
He tragado con desgana mi trabajo
Y me he atragantado
Con mi jefe la garganta.
Menos mal que se escurrió
Cuando llegó la hora del café.
Con un palillo de entre los dientes
Me saqué la espina de un amor roto,
Una rosa sin color
Y una pluma de paloma,
Luego merendé un bocadillo
De tarde con playa acompañado
De un mar loco y ceniciento.
De vuelta a casa, por mi vecina,
Bebí los aires y los vientos,
Y cené la luna en mi ventana
Con guarnición de luces y estrellas.
Ya ven como todos o casi todos
Me alimento de paisajes, recuerdos o derrotas
Y así, día tras día, me voy comiendo la vida
Con el pecho, con los ojos, con la boca.
Poema de: Francisco de Nerval
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